La mayoría de los clientes árabes que recibimos son del norte de África, magrebíes como también se les suele conocer. Con un temperamento simpático y socialbe a la vez que algo cargado de orgullo, tirando a prepotente. Famosos por no comprar nada hasta que no se hayan agotado todas las ténicas posibles del regateo. Métodos cansinos, casi sacando de quicio. Como he vivido en Asia, estoy algo curtida en esas técnicas de regateo. Representados en este patrón con el cual fácilmente encasillamos a todo el conjunto árabe. Sumando al sentir popular existe esa relación amor-odio al colectiovo que el pueblo llama “moros” si esta enfadado, o “marroquíes” si les ven como buenos vecinos. Relación que los hace tan odiados y queridos a la vez, ya que a estas alturas España sin árabes es inconcebible.
Créo que soy privilegiada, porque he podido estar en contacto con un grupo de árabes más afables de lo habitual. Como Mohammed, que hace años que le conozco como repartidor de lavandería. Un hombre de espíritu humilde que se toma la vida con buen humor. Y siempre tiene una sonrisa escondida a pesar de lo duro de su trabajo. De baja estatura, pero que tiene la fuerza de un toro. Fuerza que hace falta para llevar y recoger sacos de ropa limpia y sucia a los distintos hoteles, pensiones y hostales que no disponen de ascensor. Con paciencia, si observamos detenidamente los encontramos a estos seres afables. A esas bellas personas de las que nos gustaría tener en nuestras listas de amigos.
La otra noche mientras subía al metro, de camino al trabajo, e irritada por el agobiante calor tras salir de un tren con aire congelado en vez de acondicionado. Destacaba en el pasaje un par hablando. Estaban en asientos opuestos, ella en frente mío, a la que podía ver claramente; y él a mi lateral derecho. Entre los idiomas árabe y francés discurría su conversación. De las escasas palabras en francés podía entender se estaban dando instrucciones para ir a ciertos lugares. Ella hablaba con alegría sin ocultar su expresividad acogedora. En la siguiente estación subió una avalancha de gente y una señora cayó aplastándola. Con la mitad sobre ella, y la otra mitad sobre el asiento que supuestamente intentaba ocupar. Me sorprendió ver la reacción de la mujer árabe; que se volvió a la invasora de su espacio personal con una sonrisa y le dijo: ¡no pasa nada! Y continuó tan dicharachera en su conversación. Si yo hubiera estado en su lugar… a lo mejor, creo que me hubiera mordido la lengua para no decir nada a la mole humana que se sentaba inesperadamente sobre mi. Pero estoy casi segura que no hubiera tenido esa sonrisa de bienvenida a ese cuerpo extraño!
Cuando trato con alguien de algún país que no he visitado, si deja buena impresión en mí; pienso: ¡Ahí quisiera ir yo de visita!. Hace tiempo que sentía curiosidad por Iraq. Uno ve tanto horror en las noticias de lo que ocurre en ese país cuna de la humanidad, que me intriga conocer a los miles de habitantes que viven su día a día en ese conflicto y no estan al alacance de un teleobjetivo. Ese espríritu de viajera que llevo dentro ahora tiene algo más de qué agarrarse. Recientemente, hemos tenido clientes, de Iraq. Todos originarios de Baghdad. Los primeros en llegar fueron un matrimonio, después un par de hombres; y en la última habitación un hombre solo. Entre ellos no se conocían, pero me hacía pensar que venián para alguna conferencia. ¿Cómo es posible, de no tener nunca clientes de ese país; así, sin mas, tres habitaciones que en un lapso de quince días que estuvieran aquí?
El matrimonio era una pareja joven, de menos de cuarenta años, dedicados a hacer turismo. En varias ocasiones me pidieron información para visitar lugares de interés. Sus elegantes y sedosos modales de cordialidad rompian mis moldes preconcebidos de los árabes. Posteriormente, llegó el par de hombres de unos treinta y cinco años, también con esa mezcla de humildad, cordialidad. Acompañados de una emoción inocente de estilo infantil, de maravillamiento como si estuvieran visitando un lugar encantado.Y confirmaban mi teoría-deseo, “yo quiero visitar su país, porque usted le reperesenta estupendamente”.
El tercer visitante, tenía mas dificultad para comunicarse, su inglés y francés eran básicos. No obstante, su lenguaje corporal y su mirada hablában el mismo lenguaje que sus compatriotas, cordialidad y humildad. Noté que estos visitantes venían con documento europeo, de un país famoso por su ayuda humanitaria y por otorgar asilo político. Este visitante tenía una mirada vivaracha, cargada de una historia de supervivencia y quizas de los horrores de una tortura que quedó atrás. Tenía mucha dificultad para andar. Se notaba que no era una disminusión física de nacimiento o de la infancia, como polio. Su rostro y mirada contaban que lo había molido a palos o quien sabe que otra cosa escalofriante. Recuerdo la madrugada que se marchó. El aire acondicinado no enfriaba mucho, hacía mucho calor esa noche. Me pide que se lo arregle. Los recepcionistas a veces tenemos que hacer de fontaneros o técnicos de mantenimiento. Le digo que tiene que dejar la puerta cerrada para que enfríe. Me hace el gesto que tiene calor y al explicarle que frío “congelado” no se va a poner, sino frío normal, se encoje de hombros y sonríe. Si hubiera sido algún árabe magrebí me hubiera pedido a la primera que le rebajase el precio. Al marcharse a eso de las 5 de la madrugada y agradecerme por la estancia que lo pasó fenomenalmente, me quedo con su inolvidable mirada penetrante. Era como si me quisiera contar algo, su historia, su peculiar peregrinage por este mundo. Su escaso vocabulario le impedía relacionarse verbalmente. Me dolía verle marcharse haciendo equilibrio al bajar las escaleras con se pequeño maletín de viaje. Su dolencia le daba aspecto de fragilidad, pero la expresión que transmitía su rostro era de un superviviente luchador. Posiblemente, solo por la vida, habiendose salvado el pellejo, exiliado en una tierra distante de la que le vió nacer. Como tantos exilados anónimos cargados de historias de supervivencia. Historias de “me caígo y me vuelvo a levantar”. De he perdido todo pero aún sigo vivo…
A pesar de la compleja situación política Iraquí, de las noticias que nos impulsan a creer que aquello es una “tierra de nadie” y que no atino a comprender o justificar en estos momentos. Creo que valdría la pena si se presentara la oportunidad de visitar aquel país. Aunque obviamente, entiendo que nuestra Embajada no recomiende tal desplazamiento. Estos Embajadores de Baghdad me hacen creer que es una tierra apetecible mas allá y a pesar de las noticias que nos llegan.
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