Almas anónimas: ¡Hola!
Cada día me encuentro con tu mirada, tu presencia me acompaña en algún asiento del vagón del tren o metro. Siento que te conozco un poco, que eres parte de mi mundo, que me gustaría poder tener tiempo para tomar un café contigo y decirte tienes una amiga en mi. Si por mi fuera, me encantaría abrazar a la humanidad y decirle “te quiero”. Sí, a tí ser humano anónimo que caminas a mi costado, que te cruzas en mi camino, y esperas a que suba en la parada del Metro cada mañana mientras me acompañas y desciendes del transporte junto a mí.
Te escribo a ti ser anónimo que compartes parte de mis minutos de viaje.
Noche tras noche, ya identifico algunas caras familiares. Otras me identifican a mí, como mi compatriota argentina que hace ya más de un año, se lanzó a hablarme y me dijo que se dió cuenta que trabajaba de noche como ella. Desde ahí comencé a abrír más los ojos a mi alrededor. A observar mi entorno en el viaje de ida y vuelta. Ella rompió la monotonía de años de viajar en solitario y en silencio. El viaje se hace más ameno, más placentero si vamos acompañados. Tres veces por semana coincidimos y espero a que llegue cada día de esos. Cuando nos movemos por la vida acompañados sentimos que pertenemos a alguien y ellos nos pertenecen; existe ese sentimiento de comodidad de haber encontrado algo acogedor, un refugio: la amistad. Amistad que tiene muchas caras y muchos grados o niveles de afecto. Afecto que a la personalidad humana reconforta, asegura, da sensacion de calidez y cobijo. La autoestima no se siente abandonada. Se me encoje el corazón por las personas que viven sin amigos, en soledad. Sin intercambio de vocablos, de miradas y gestos que proporcionan el contacto entre nuestra especie humana.
Desde años que viajo con esa señora que puede tener unos 5 años más que yo, ella sube tres estaciones antes que yo. Se sienta en el primer vagon y se baja antes que nadie. Se que sube tres estaciones antes que la mía, porque hace tiempo tuve que hacer gestiones en la policía nacional por tramites de documentos personales, y la ví a ella de compras por ahí. Las dos nos reconocimos pero no nos dijimos nada. No teníamos porque decir nada, puesto que somos personas anónimas que solo compartimos el trayecto nocturno del tren. Pero nuestras miradas silenciosamente identifican que somos compañeras de la noche laboral. Al salir del tren vamos a la carrera para coger el Metro, ella va en la misma direción pero continua en el trajecto, yo bajo antes. Una noche ella llegó al ascensor y al verme venir lo detuvo para que no descendiera sin mi. Dije hola y gracias, y ese fue el primer velo de silencio que cayó entre nosotras. En otras ocasiones ha ocurrido al revés yo atajé el ascensor para que pudiera bajar ella también. Ahora si no nos encontramos en el ascensor, al vernos en el andén con una sonrisa nos saludamos seguida de un escueto ¡ Hola! Años han pasado que viajamos en el mismo tren, mismo vagón, y ahora esa sonrisa inseparable del Ho. Ese saludo me sabe como a un bálsamo antes de ir al trabajo. Me pregunto en que trabajará…. un misterio, cuantos años deberé esperar para poder intercambiar vocablos de más intimidad. Se que es una trabajadora igual que yo, y que mas o menos debe tener problemas económicos como todo el mundo. He notado que siempre utiliza el mismo bolso. La crisis nos a cambiado muchos hábitos, ya no gastamos tanto, y a nuestras edades nos damos cuenta que realmente no es ni necesario ni imprescindible tener que cambiar de bolso todos los días….
Tiempo hace ya, me senté a esperar el tren en mi pueblo al lado de una señora que le contaba sus problemas familiares a una amiga por teléfono. Me enteré de detalles desagradables que ninguna mujer tendria que enfrentar: Estafada por su esposo, llevándola al embargo, ademas de orden de alejamiento por malos tratos. Con el tiempo tras meses sentándome a su lado a esperar el tren, solo surgía el típico Hola seguido por silencio. Una emergecia ocurrió, contratiempo de tenes que abrieron la puerta al dialogo instantáneo. Finalmente me ha contado su drama personal que ya conocía de oidas…
He obsrvado que los que trabajamos de noche sabemos llegar con antelación a la estación. Religiosamente esperamos esos minutos a que llegue nuestro tren. Y no solo son mujeres las trabajadoras que he notado. Llega un hombre joven de unos 33 años, en mono de trabajo, mezcla de seguirdad con limpieza. Las otras noches oía que comentaba a otros que trabajaba para la Renfe. Y cuando comiencen las clases viajaran los profesores y docentes que salen de noche del Instituto contandose sus anécdotas con los estudiantes. e intercambiando opiniones como gestinar los casos más difíciles.
Por la mañana de regreso, subo al metro y siempre veo al lado de la puerta opuesta a un señor de traje gris, tiene pinta de banquero, se le ve una persona afable, no va con la mirada de “perdido en su mundo”. Al igual que yo va observando a los pasajeros. Como disfrutando del viaje, obviamente, se le ve la frescura del que se levanta por lamañana para empezar su día laborar! El mira plácidamente como si ya tuviera controlados los que suben y bajan cada día. Se le ve gentil, de los que ya quedan pocos. No apresurado pisando talones a otros. Otro hombre me ha llamado la atención por su prepotencia a tener que bajar siempre el ”primero” casi abriéndose paso a empujones si es necesario. Bajamos los tres, “el que sale primero” con el que comprato ascensor hasta el vestíbulo, y “el gentil” que sube sigilosamente las escaleras perdiensose suavemente en la multitud. En el andén me encuentro con otros rostros desgastadas por la noche. Día a día hacen el mismo recorrido que yo, muchos suben y lo primero que hacen es ponerse a dormir. Me sorprende ver una chica joven, de estilo hippie que obviamente trabaja de noche. A veces lee, creo que trabaja tambien en un hostal, tiene aire a alguien que habla idiomas… Ya en el vagon durmiendo viene otro joven, que una vez hizo callar a un vecino mío, de mi bloque, que estaba sentado frente mío con la radio a todo volumen. Al bajar le agradecí tocándole el hombro por su ayuda en reclamar un poco de silencio. Yo ya había hecho bajar la música estridente en otras ocasiones y me sentía desanimada que siempre parecía yo de “la brigada de policía del contro del volumen”!
En las ciudades grandes somos almas anónimas, pero en realidad somos amigos en potencia que se pueden transformar en amigos reales si damos lugar a un simple ¡Hola! y de ahí “amar a tu projimo como a tí mismo” no parece tan imposible.
Me gusta:
This entry was posted on agosto 14, 2010 at 7:44 pm and is filed under Barcelona, Crisis, hombres, Mujeres, Soledad, Trabajo, Transporte Púlico, Uncategorized. You can subscribe via RSS 2.0 feed to this post's comments. You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.
agosto 24, 2010 a 1:08 pm
Me ha encantado! No desperdicies este talento…! anims mare!